El espíritu de la Navidad
Juan Carlos de la Mata Guerra
Quizá las Navidades de hoy en día ya no tienen aquellos poéticos encantos que guardaban para nosotros en la infancia. Ya no suenan en los oídos tan melodiosamente como en otros tiempos el sonido de la hueca zambomba, o el estruendo del pandero, ni el repique de las castañuelas. No paladeamos con tanto gusto los turrones y mazapanes, no corremos a escuchar los villancicos o nos congregamos en torno al Nacimiento, ya no esperamos la llegada de las tarjetas de felicitación navideña cubiertas en sus rebordes por arenillas relucientes, ni aguardamos con impaciencia frente al Belén la aparición de los Reyes Magos guiados por la estrella de Belén. Porque aquella estrella de pobre oropel se nos antojaba enorme y brillaba más a los ojos de la inquieta infancia que las estrellas de verdadera luz con toda la majestad del firmamento. Tal vez aquella candidez y aquel regocijo se hayan ido para siempre y la idea de Cristo haya crecido en nuestra conciencia y en nuestro ánimo, pero sin duda hemos olvidado la prístina ilusión que tenía la llegada de la “Buena Nueva” para nuestros pequeños corazones.
En nuestra infancia en las casas era todo un acontecimiento salir a buscar el musgo a la orilla de algún regato o pradera, no importaba si no había dinero para los adornos, pues lo que no se podía comprar la imaginación lo suplía, y con un poco de algodón, las platas del chocolate o unos restos de purpurina se pintaban piñas, hojas secas y nueces. No importaba tampoco que las figuras fuesen de humilde barro o estuviesen rotas o mutiladas porque la imaginación infantil las recomponía en sus corazones. Se daban aguinaldos y todo por poco que fuese era de agradecer. Se cantaban villancicos por el vecindario y se preguntaba aquello de ¿Cantamos?.

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Las fotos que ilustran el artículo las realizó Paco Gallego y pertenecen al Retablo de San Ildefonso de la Iglesia de San Juan del Mercado (siglo XVI - Escuela de Juan de Borgoña). Una es la tabla de la Natividad y la otra la de la Adoración de los Reyes. En esta última podemos ver que el autor se tomó una licencia para llamar la atención del expectador o quizá se le acabó el betún de Judea, o porque no le pagaron bien y quiso tomarse una pequeña vendetta, o tal vez simplemente porque quisó gastar una broma. Son muchas las posible hipótesis que se pueden lanzar sobre el particular. El caso es que si observamos la figura del Rey Baltasar, sus piernas y pies son blancos, en contraste con el resto de su cuerpo que es negro, como corresponde a su raza.
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